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La Historia de Dios y el universo

Publicado a las 10:18 p. m. en , ,
Antes del tiempo y el espacio, existía un ente omnipotente y omiprescente. Tanto el espacio como el tiempo no existían porque todo era ocupado por El. No importaba si pasaban miles de trillones de años, porque El era una presencia absoluta; no interesaba el espacio porque El lo ocupaba todo.

Dado que su existencia era tan grande, no podía darle espacio a otra criatura como El para que existiera; muchas veces lo había intentado, y todos sus experimentos se habían consumido ante su mera presencia como polillas ante la luz. No había mucho que hacer a lo largo de las centurias y los milenios; El no tenía nada que hacer además de viajar dentro de la inmensidad de su ser y tratar de comprenderse a sí mismo. Parecía una tarea imposible, pero finalmente lo logró. Por fin, llegó a comprender su existencia, y con esto, obtuvo todo el conocimiento del universo, que era El.

Fue entonces cuando se dió cuenta de que estaba solo. Todo el conocimiento existente estaba dentro de El, y lamentó aquello con todo su omnisciente ser. Deseó jamás haber iniciado ese viaje; el dolor de la soledad aparece solamente cuando te das cuenta de que estás solo, y sabes que hay un mundo diferente a aquel. Estaba triste; no le valía ni le importaba ser una entidad perfecta y absoluta; no le importaba ostentar todo el poder y el conocimiento que existía y existiría; no si no tenía a nadie con quién compartir. Hubiera continuado existiendo por toda la eternidad de esta manera de no ser porque alcanzó el conocimiento.

Fue en ese arrebato de frustración y tristeza que creó a los ángeles de su propia masa; para que le hicieran compañía. Eso no lo satisfajo. Los ángeles lo veneraban y lo amaban porque estaban hechos del mismo material divino que El. No hacían ninguna diferencia, podría haberse consolado a sí mismo sin necesidad de crearlos; seguía estando solo; los ángeles, al igual que su creador, se limitaban a divagar los muros infinitos del universo, con la mirada perdida, sin corazón.
El no era feliz; sabía que existía la felicidad verdadera y no la simple existencia libre de imperfecciones que llevaba hasta ahora, y por eso se daba cuenta de que El no lo era. Sin embargo conocía la respuesta: pero era demasiado egoísta para llevarla a cabo.

Pero finalmente se decidió a liberarse de todo su dolor. Reunió a todos los ángeles en un sólo punto, los llenó de pensamientos negativos, les arrebató su inmortalidad y conocimiento pero no sus poderes, y los hizo diferentes entre sí: les dió libre albedrío para que actuaran como quisieran, pero mantuvo su conciencia atada a la de ellos. Todos cedieron a aquellos pensamientos; unos más que otros, y se separaron; cada uno fue a un lugar diferente dentro del universo, y fundaron grandes imperios por su cuenta, seguidos por otros que compartían su visión. Olvidaron la definición primigenia de la felicidad, creando diferentes significados por sí mismos. Incontables milenios pasaron, y la discordia entre los ángeles los llevó a guerrear y asesinarse entre ellos, creando el balance, y olvidándose de El, a pesar de que siempre estaba allí, a la vista de todos.

Cada uno trataba de comprender la "felicidad" del otro, y para satisfacer su propio deseo robaron y asesinaron a su prójimo. Eran fuerzas poderosas, y se dieron cuenta del balance en el que se desenvolvían: descubrieron que eran capaces de crear su propio destino, pero que al mismo tiempo habían otros intentando lo mismo; para que uno fuera feliz, otro tenía que verse privado de su "felicidad". Ninguno quería eso, e iniciaron una guerra universal para evitar ser infelices. Acabaron destruyéndose completamente entre sí porque fueron demasiado egoístas para respetar el balance del universo. El poder de cumplir tus deseos es gracias a la voluntad de las palabras, y el equilibrio que evita que ese poder destruya todo lo demás es la desgracia y el mal.

Finalmente, El decidió que era el momento. Gracias a ellos, conocía la tristeza, y con lágrimas en sus ojos absorbió las escencias de sus hijos, y todos sus conocimientos. Pudo sentir todas las diferencias, la avaricia, el orgullo y las ansias de poder de cada uno pugnando dentro de El, y tras saborear por última vez la verdadera felicidad, se auto-destruyó; creando el universo como existe ahora, junto con los que aún no conocemos. Lamentablemente, el corazón de los ángeles casi se perdió en el Big-Bang: El universo prefirió apegarse a la felicidad original; se limitaron a existir simplemente, sin conocer nada, y de esa manera, sufrir nada. Los seres vivos, a ser parte de un ciclo: Dios quiso que todo su ser conociera la maravillosa experiencia de la muerte, porque significaba que nadie tendría el tiempo suficiente para llegar a la "perfección", y sufrir eternamente en ella como El lo hizo, para que el viaje de descubrimiento fuera eterno. Ese es el único regalo que da a todos y a sí mismo; por fin a alcanzado la libertad, ya no esta solo, pero sigue siendo el universo en sí. De esa manera se a asegurado de no volver a ser uno nunca jamás. Sólo puedes conocer verdaderamente el valor de algo cuando se va o existe la posibilidad de perderlo.

Nuestros cuerpos se descomponen y regresan a El, pero nuestro corazón no lo hace, debe reestablecerse con cada nuevo viaje, por eso debemos atesorar cada momento de nuestras vidas como seres humanos pensantes y concientes; la verdad es que jamás volveremos a ver a nuestros seres queridos como lo solíamos hacer, no se si los hazares de los Hados en algún momento puedan darle el poder de reencontrarse como seres con corazón, todo dependerá de cuanto lo desees; Pero ese tiempo también será demasiado corto. La verdadera felicidad consiste en la búsqueda permanente de ella y el alcanze incompleto de la misma, y eso se logra con las diferencias de pensamiento y opinión; hay belleza en todas partes, eso era lo que buscaba El. Deseaba dejar de estar estancado en una única definición, deseaba tener alguien con compartir, alguien a quien amar.

Hasta el día de hoy, aún está en todos lados, representado en la mota más ínfima de tierra hasta en la estrella más brillante, que no por ser estrella no verá un final, aunque esté lejos. Está allí; separado en millones de pequeños dioses; pero aún siendo uno sólo. Todos son uno, uno es todos. Todos somos Dios: tu, yo, el vecino, incluso hasta el gato. En un principio fuimos uno, y por eso somos más poderosos cuando nos apoyamos entre nosotros. Aún conservamos ese deseo egoísta de sobrevivir, es por eso que apoyamos y nos juntamos con los demás; esperamos algo a cambio, no quedarnos solos, ahuyentar el dolor; en el fondo no te importa el otro, simplemente quieres complacerlo para asegurar tu propia felicidad.

Es porque hemos heredado una fracción del corazón de los ángeles, que nos impulsa a encontrar otra vez el significado primigemio de la felicidad; y eso sólo se puede lograr recogiendo de uno en uno los retazos de Dios que ahora están esparcidos en todos lados. Buscamos a los otros para encontrar nuestro propio bienestar (al menos los humanos). Inconscientemente, nos tratamos de unir como fue el inicio, pero El se ha asegurado muy bien de que eso no ocurra. Poniendo a la muerte y las diferencias, para que nunca lo consigamos. No debemos acabar de la manera en la que lo hicieron los ángeles, no debemos perder nuestro corazón, a pesar de que es lo que causa destrucción y dolor, es la manera de llegar a la felicidad, y ese dolor es el único camino para descubrir que existe algo bello como la esperanza. Para la naturaleza, somos virus asesinos que infectan y corroen el organismo, y es verdad. ¿No tiramos nuestros desechos a los rios y mares? ¿No talamos bosques enteros para construir viviendas? ¿No quemamos hectáreas enteras de flora para cultivar en ella? La mayoría de la humanidad a escuchado a su corazón, y para" mejorar" y saciar su hambre permanente asesinan a Dios. Porque representamos una existencia diferente a la naturaleza, y a pesar de que la admiramos y adoramos, como ya no somos parte de ella, podemos usarla a nuestro beneficio, destruirla para crear nuestra versión "mejorada" de ella. Los indios americanos y las tribus selváticas son criaturas diferentes a aquellos que viven en la ciudad; son existencias mucho más cercanas a Dios de lo que el Papa alguna vez estará. Saben la verdad: que son parte de un ecosistema y que al morir regresarán a El, y que la felicidad original consiste en no conocer las comodiades mundanas; que impulsan a los que las conocen a conseguir más. Aquellas tribus saben que pueden ser felices solamente existiendo como parte de la auto-regulación de Dios.

En cambio, nosotros, los avariciosos humanos que siempre buscan mejorar y encontrar su felicidad a través de las cosas materiales escuchando solamente a la parte negra del corazón que impulsa a destruir para beneficio propio. Dice la pregunta que si un arbol cae en el bosque y nadie lo escucha... ¿Cayó de todos modos? pues sí cayó, obviamente. La belleza no necesita de alguien que la admire para ser llamada de esa manera; con o sin humanos que admiren esa belleza, seguirá estando allí. Lamento la pérdida del corazón, pero mientras esté allí (el corazón), el ser humano no parará de destruir su entorno y a los demás.


(Esta es una historia que he escrito yo mismo, se que a lo mejor existe una parecida por allí, después de todo, las diferencias y similitudes entre los humanos son más notorias en la Internet; espero que les haya gustado mi pequeña historia, así es como yo veo a Dios)

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